
Hoy, 22 de febrero, hace 70 años que murió Don Antonio Machado, en su exilio forzoso de Colliure.
Su último verso, Estos días azules y este sol de la infancia, puede sonar a inacabado, pero también, con su profundidad, resume todo lo que Machado quería decir en esos momentos tristes. Fue hallado en un bolsillo de sus ropas, después de su muerte.
Ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar, subió a bordo de la nave que nunca ha de tornar, exhausto y sin fuerzas para continuar, y dobló cerca de la barrera, como los toros nobles, para que no le vieramos morir.
Quiero recordar a este poeta nuestro con un fragmento de un poema que, como el primero y el último, son su verdadera autobiografía.
He vuelto a ver los álamos dorados
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria -barbacana
haca Aragón, en castellana tierra-.
Esos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Alamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!.